Lo he visto al paso de los años y lo he conocido a través de cada página, me he burlado y quejado de él inclusive, hasta que caí en cuenta de aquello que dice, que lo que menos nos gusta de algunas personas, es aquello que reflejan de nosotros mismos. Así descubrí nuestras grandes semejanzas, aunque claro las suyas con más aventura y producción y con un final “feliz”, que en mi caso, aún lo preparo.
Comencemos pues por situarnos en mi propia y larga novela y así podrás notar aquello que he descubierto yo misma.
En mi historia, también dos personas que se querían fueron separadas por un mal mayor que será del último del que hable. ¿Mi alacena? Mi cuarto, mis cuatro paredes que serían mi refugio y guarida, a salvo de mi primo Dudley, que en este caso se representaría por dos personas igual de crueles y desbastadoras, envidiosas de, aún ahora me lo pregunto, algo que poseía sin siquiera saberlo. En esa, mi alacena, se llevaban a cabo las mejores ensoñaciones de las que era capaz: “Si hubiera”, “Si acaso”, “Si pudiera”, “Si pasara”.
Sin embargo en ese mundo extraño, cruel, frío y de escapatorias cotidianas existía el consuelo de aquel mago canoso, imponente y tan importante, lleno de sabiduría, que era mi abuelo. Nuestra relación era tan cercana, tan íntima, y a la vez tan lejana y respetuosa. Él representaba la paciencia, la sutileza, la seriedad, el control y la tolerancia, el sentido de practicidad y el sentido del humor, siempre de la mano de la circunspección; me enseñó a medir cada paso, a calcular la dimensión de las consecuencias con respecto a nuestras decisiones, a “andar a un paso que aguante y no a un trote que canse”, me enseñó a hacer lazos inquebrantables y a saber esperar el momento adecuado, me protegió tanto como su magia alcanzaba y levantó hechizos protectores para guardarme de los males externos, yo lo veía como un ser supremo, y a pesar de enterarme de acciones muy humanas, no ha mellado de ninguna manera lo que creía, creo y creeré jamás de él. Claro, como buen director de escuela, contaba, como mano derecha, con una mujer fuerte y a la vez con gran sensibilidad, de espíritu cooperativo, trabajadora incansable, luchadora indestructible, siempre ayudando y consintiendo, con fingida indiferencia, a aquellos que lo necesitábamos, procuradora a manos llenas y observadora letal. De ella aprendí la lealtad, la necedad, la fuerza de voluntad y, creo que una cualidad muy importante, el valor de las promesas.
También en ese camino me encontré con personas menos primitivas que mis Dudley pero igual de ingratos, egoístas y envidiosos, mis Draco, Crabe y Goyle, disfrazados de amigos y que a la larga se volvieron enemigos. Traidores del famoso “Bien Común” de los que a pesar de todo aprendí grandes cosas, pero no merecen siquiera que hable tanto de ellos.
En medio de ese panorama me topé, o mejor dicho, me encontró Carlos Black, el padrino, el mentor, la figura paterna que tanto necesitaba, la primer persona que confió en mí, que encontró cualidades que no sabía que tenía; de él, recibí miradas paternales y cristalinas cargadas de orgullo que me hacían necesitar, a su vez, de más, él le dio orientación a mis pensamientos contenidos y desordenados, me incitaba a dar ese “brinquito” que tanto temía, sembró en mi la duda de si realmente estamos marcados desde el nacimiento a ser de una u otra manera. De él recibí elogios que me llenaban de nueva felicidad y regaños que recibía con respeto, atención y sumisión. Me dio la esperanza que necesitaba cuando más me hacía falta, me dijo justo lo que necesitaba escuchar para acallar todas esas preguntas que me asaltaban a todas horas, a cada momento, en cada respirar; “Si yo hubiera tenido hijos, me haría gustado que tú lo fueras”. No, no estaba maldita, por fin me decían que no era yo, que no era mi culpa, alguien me hubiera querido de sí, alguien no me hubiera hecho a un lado ya sea por vileza o por vocación, pero al igual que el protagonista de la historia original, no duró mucho a mi lado, se fue sin previo aviso, sin completar la lección y dejando todo pendiente, un encuentro, una plática, una clase, un “nos vemos pronto”.
Mi familia favorita: Los Weasley-Guillèn, mi imagen recurrente de cómo una verdadera familia debía ser. A pesar de todo mi afecto por ellos estaba siempre una manchita de envidia de aquello que yo creía que también merecía tener. El divertido padre adicto a la cosas poco funcionales pero “necesarias”, casi imperceptible para la familia y aun así querido y respetado, aunque pocas veces comprendido. Hermanos, los suficientes, un par de gemelos, tan parecidos y unidos aunque al mismo tiempo diferentes pero inseparables, cómplices en travesuras y leales uno con el otro en tiempos difíciles, preparados, siempre, para tender la mano al recién adoptado miembro de la familia, más nunca sin ese dejo burlón y divertido. Tenían a su propio Percy, el obcecado, el necio, el diferente con sueños propios y alas largas para poder desprenderse de la casa, pero no de la familia, siempre cuestionador y ordenador, impulsado a una excelencia y a una auto-exigencia total, de buen corazòn y gran inteligencia. Todos ellos no serían tan unidos si no tuvieran el cobijo de la jefa de familia, la fuerte Sra. Weasley, este cobijo llega incluso hasta aquel que ya ha adoptado como suyo, brindándole los mismos privilegios y algunas más concesiones que al resto. La amorosa, a su manera, la de la batuta, la organizadora y la encargada de congregar a su manada con un solo decir, la figura materna mamá-gallina que cuida a sus pollitos de cualquiera y contra quien sea y contra lo que sea, sobre ella misma y sus necesidades.
No pueden faltar los amigos inseparables que imperceptiblemente pasan de solo amigos a un nivel mucho más complicado y profundo, el muro a veces fuerte, a veces frágil, pero siempre en pie de batalla, la mente elocuente casi abogadil, el compañero de juegos y bromas, fusionados muchas veces entre sí, haciendo de vez en vez el papel del otro. Con ellos se puede ser quien realmente se es, compañeros de viajes y aventuras, de ideas locas, de llantos, malos momentos pero siempre a los flancos. Con ellos el aprendizaje ha sido diferente y novedoso, hay discrepancias, sacadas de lengua, a veces indiferencia e incomprensión, pero entre ellos el afecto incondicional siempre va en primer lugar, con ellos se pone en práctica lo aprendido. Son ellos a quienes recurro en los momentos de mayor tribulación y a quienes comparto mis secretos mejor guardados, con los que me une un vínculo más fuerte que cualquiera que pueda haber, son mis amigos, mis compañeros de armas, mis interlocutores, mi compañía, aquellos que sin importar qué, me dirán la verdad, son la muestra del empeño, el esfuerzo, el trabajo, la bondad y la realidad con sutiles tintes de fantasía y juegos pueriles, el: “Hay que crecer, pero nunca del todo”.
Pasemos ahora con el más críptico, elusivo, extraño y misterioso profesor Snape-diamante, el educador y maestro de 24 horas, el de las más importantes lecciones. Siempre sin concesiones y fuerte, con un pasado penoso, hecho duro más por sus vivencias y entorno que por gusto propio, capaz de gran violencia pero siempre justo y dispuesto a enseñar la más difícil lección, el protector oculto, el que deja a su estudiante tomar sus propias decisiones y formar sus propias opiniones, aunque nunca soltando su mano del todo. De él me cuesta un poco hablar en estos momentos porque no supe el alcance de su capa mágica hasta que ya no estuvo, el poder que tenía hasta que vi concluida su misión, él me hizo cambiar de opinión sobre ella y sobre mí, no es hasta que me alejó que pude ver los detalles de su elaborada pintura, cuando fui capaz de conectar y descifrar sus juegos de ingenio. Me creí siempre sola contra los dementores y contra la maldad, más siempre estuvo ahí, siempre y nunca me di cuenta, siempre aligeró mi carga y allanó el suelo por el que pasaría. Como agente en cubierto, se volvió la sombra escurridiza de la que nunca somos conscientes pero está siempre presente, el artífice de poner a la mano aquello que iba a necesitar para luchar, para defenderme y, tal vez, poder vencer. Él es el verdadero héroe anónimo que todo lo da, la entrega absoluta por lo más preciado que tiene, el objeto en donde sus logros, sus recuerdos, lo mejor de sí, sus errores e incluso él mismo se reivindicaría.
No logro recordar, o tal vez sí y no quiero recapitularlo, cómo Snape desaparece de la historia, pero sí recuerdo como mi Snape se va, y esa es la lección más difícil que hubimos de aprender "él " y yo. Me hizo sentir la violencia real y el peso verdadero del abandono, la inminente y poderosa realidad de la cercanía de aquella batalla cuerpo a cuerpo apenas esbozada, ya sin su ayuda, sin su protección, ni su dirección, crecer por completo conmigo misma a cuestas. Él es el traicionado, el que debió ceder la varita con la cual ha de enfrentarse con aquel que tiene el poder completo de la destrucción o salvación de Evi Potter.
Robemort. Aquel que no debe ser nombrado. La mayor amenaza. El representa lo peor de mi misma, aquello que, por asombrosas semejanzas, me da miedo ser, somos tan parecidos. Él me lo quitò todo, me quito la posibilidad de tener una familia, entre otras miles de cosas que me quitó, que me robó, y aún así tenemos un vínculo indestructible y nuestra existencia depende una de la otra. Es el destino del cual he tratado de correr por miedo a ser como él, pero el destino del cual no puedo huir, está escrito que hemos de enfrentarnos y que alguno perderá sin duda alguna. Es alguien que despierta toda la crueldad, violencia, ira, enojo, desapego y odio de que soy capaz.
Siempre he sido, en algún modo consciente, que lo que me distingue de él es una línea demasiado delgada contra la que me empeñado en resistir, sin embargo, la cicatriz, en mí, invisible físicamente, duele en estos tiempos y escose con más fuerza que nunca; tengo reclamos, preguntas desesperadas y enojo por no tener quien las responda o quien me calme, es ahora que quisiera aquellas pastillas que me hagan dormir sin soñar, quiero encontrarme con Albus en algún andén y que me diga lo que necesito escuchar y saber, tal vez esas preguntas puedo respondérmelas yo pero tampoco quiero esa pelea que se avecina, quisiera estar con ellos, con los que ya no tengo a mi lado, mas sé que no es posible.
Es así como Evi Potter se enfrenta por fin a la batalla final y decisiva, uno a uno, a la cual estaba predestinada de nacimiento, debe enfrentarse a todo aquello que ha rehuido pero que nunca ha podido eludir. Donde no habrá cabida para ningún respaldo, tengo que hacerlo yo sola; sí, aquellos que me quieren están cerca, pero libran sus propias batallas por sus vidas, la mía se produce en el centro de ese escenario pero nadie la peleará conmigo, conozco a mi enemigo porque lo he visto en el espejo, conozco sus debilidades y es posible que en algún rincón de mi misma sepa còmo derrotarlo pero, ¿Seré capaz de hacerlo cuando llegue el momento?, ¿Debo dejar que me mate para así poder ser más fuerte que él?, ¿Qué tanto daño me hará?, ¿Seré capaz de recuperar las fuerzas que necesito para continuar y terminar?...Escucho en coro a todos los que han estado a mi lado y han partido y a los que continúan estando gritar: “ Lo que importa no son sus semejanzas, sino sus diferencias” mientras yo le digo a mi mamá “¿Estarás a mi lado?” esperando a que me conteste: “Siempre”.
Comencemos pues por situarnos en mi propia y larga novela y así podrás notar aquello que he descubierto yo misma.
En mi historia, también dos personas que se querían fueron separadas por un mal mayor que será del último del que hable. ¿Mi alacena? Mi cuarto, mis cuatro paredes que serían mi refugio y guarida, a salvo de mi primo Dudley, que en este caso se representaría por dos personas igual de crueles y desbastadoras, envidiosas de, aún ahora me lo pregunto, algo que poseía sin siquiera saberlo. En esa, mi alacena, se llevaban a cabo las mejores ensoñaciones de las que era capaz: “Si hubiera”, “Si acaso”, “Si pudiera”, “Si pasara”.
Sin embargo en ese mundo extraño, cruel, frío y de escapatorias cotidianas existía el consuelo de aquel mago canoso, imponente y tan importante, lleno de sabiduría, que era mi abuelo. Nuestra relación era tan cercana, tan íntima, y a la vez tan lejana y respetuosa. Él representaba la paciencia, la sutileza, la seriedad, el control y la tolerancia, el sentido de practicidad y el sentido del humor, siempre de la mano de la circunspección; me enseñó a medir cada paso, a calcular la dimensión de las consecuencias con respecto a nuestras decisiones, a “andar a un paso que aguante y no a un trote que canse”, me enseñó a hacer lazos inquebrantables y a saber esperar el momento adecuado, me protegió tanto como su magia alcanzaba y levantó hechizos protectores para guardarme de los males externos, yo lo veía como un ser supremo, y a pesar de enterarme de acciones muy humanas, no ha mellado de ninguna manera lo que creía, creo y creeré jamás de él. Claro, como buen director de escuela, contaba, como mano derecha, con una mujer fuerte y a la vez con gran sensibilidad, de espíritu cooperativo, trabajadora incansable, luchadora indestructible, siempre ayudando y consintiendo, con fingida indiferencia, a aquellos que lo necesitábamos, procuradora a manos llenas y observadora letal. De ella aprendí la lealtad, la necedad, la fuerza de voluntad y, creo que una cualidad muy importante, el valor de las promesas.
También en ese camino me encontré con personas menos primitivas que mis Dudley pero igual de ingratos, egoístas y envidiosos, mis Draco, Crabe y Goyle, disfrazados de amigos y que a la larga se volvieron enemigos. Traidores del famoso “Bien Común” de los que a pesar de todo aprendí grandes cosas, pero no merecen siquiera que hable tanto de ellos.
En medio de ese panorama me topé, o mejor dicho, me encontró Carlos Black, el padrino, el mentor, la figura paterna que tanto necesitaba, la primer persona que confió en mí, que encontró cualidades que no sabía que tenía; de él, recibí miradas paternales y cristalinas cargadas de orgullo que me hacían necesitar, a su vez, de más, él le dio orientación a mis pensamientos contenidos y desordenados, me incitaba a dar ese “brinquito” que tanto temía, sembró en mi la duda de si realmente estamos marcados desde el nacimiento a ser de una u otra manera. De él recibí elogios que me llenaban de nueva felicidad y regaños que recibía con respeto, atención y sumisión. Me dio la esperanza que necesitaba cuando más me hacía falta, me dijo justo lo que necesitaba escuchar para acallar todas esas preguntas que me asaltaban a todas horas, a cada momento, en cada respirar; “Si yo hubiera tenido hijos, me haría gustado que tú lo fueras”. No, no estaba maldita, por fin me decían que no era yo, que no era mi culpa, alguien me hubiera querido de sí, alguien no me hubiera hecho a un lado ya sea por vileza o por vocación, pero al igual que el protagonista de la historia original, no duró mucho a mi lado, se fue sin previo aviso, sin completar la lección y dejando todo pendiente, un encuentro, una plática, una clase, un “nos vemos pronto”.
Mi familia favorita: Los Weasley-Guillèn, mi imagen recurrente de cómo una verdadera familia debía ser. A pesar de todo mi afecto por ellos estaba siempre una manchita de envidia de aquello que yo creía que también merecía tener. El divertido padre adicto a la cosas poco funcionales pero “necesarias”, casi imperceptible para la familia y aun así querido y respetado, aunque pocas veces comprendido. Hermanos, los suficientes, un par de gemelos, tan parecidos y unidos aunque al mismo tiempo diferentes pero inseparables, cómplices en travesuras y leales uno con el otro en tiempos difíciles, preparados, siempre, para tender la mano al recién adoptado miembro de la familia, más nunca sin ese dejo burlón y divertido. Tenían a su propio Percy, el obcecado, el necio, el diferente con sueños propios y alas largas para poder desprenderse de la casa, pero no de la familia, siempre cuestionador y ordenador, impulsado a una excelencia y a una auto-exigencia total, de buen corazòn y gran inteligencia. Todos ellos no serían tan unidos si no tuvieran el cobijo de la jefa de familia, la fuerte Sra. Weasley, este cobijo llega incluso hasta aquel que ya ha adoptado como suyo, brindándole los mismos privilegios y algunas más concesiones que al resto. La amorosa, a su manera, la de la batuta, la organizadora y la encargada de congregar a su manada con un solo decir, la figura materna mamá-gallina que cuida a sus pollitos de cualquiera y contra quien sea y contra lo que sea, sobre ella misma y sus necesidades.
No pueden faltar los amigos inseparables que imperceptiblemente pasan de solo amigos a un nivel mucho más complicado y profundo, el muro a veces fuerte, a veces frágil, pero siempre en pie de batalla, la mente elocuente casi abogadil, el compañero de juegos y bromas, fusionados muchas veces entre sí, haciendo de vez en vez el papel del otro. Con ellos se puede ser quien realmente se es, compañeros de viajes y aventuras, de ideas locas, de llantos, malos momentos pero siempre a los flancos. Con ellos el aprendizaje ha sido diferente y novedoso, hay discrepancias, sacadas de lengua, a veces indiferencia e incomprensión, pero entre ellos el afecto incondicional siempre va en primer lugar, con ellos se pone en práctica lo aprendido. Son ellos a quienes recurro en los momentos de mayor tribulación y a quienes comparto mis secretos mejor guardados, con los que me une un vínculo más fuerte que cualquiera que pueda haber, son mis amigos, mis compañeros de armas, mis interlocutores, mi compañía, aquellos que sin importar qué, me dirán la verdad, son la muestra del empeño, el esfuerzo, el trabajo, la bondad y la realidad con sutiles tintes de fantasía y juegos pueriles, el: “Hay que crecer, pero nunca del todo”.
Pasemos ahora con el más críptico, elusivo, extraño y misterioso profesor Snape-diamante, el educador y maestro de 24 horas, el de las más importantes lecciones. Siempre sin concesiones y fuerte, con un pasado penoso, hecho duro más por sus vivencias y entorno que por gusto propio, capaz de gran violencia pero siempre justo y dispuesto a enseñar la más difícil lección, el protector oculto, el que deja a su estudiante tomar sus propias decisiones y formar sus propias opiniones, aunque nunca soltando su mano del todo. De él me cuesta un poco hablar en estos momentos porque no supe el alcance de su capa mágica hasta que ya no estuvo, el poder que tenía hasta que vi concluida su misión, él me hizo cambiar de opinión sobre ella y sobre mí, no es hasta que me alejó que pude ver los detalles de su elaborada pintura, cuando fui capaz de conectar y descifrar sus juegos de ingenio. Me creí siempre sola contra los dementores y contra la maldad, más siempre estuvo ahí, siempre y nunca me di cuenta, siempre aligeró mi carga y allanó el suelo por el que pasaría. Como agente en cubierto, se volvió la sombra escurridiza de la que nunca somos conscientes pero está siempre presente, el artífice de poner a la mano aquello que iba a necesitar para luchar, para defenderme y, tal vez, poder vencer. Él es el verdadero héroe anónimo que todo lo da, la entrega absoluta por lo más preciado que tiene, el objeto en donde sus logros, sus recuerdos, lo mejor de sí, sus errores e incluso él mismo se reivindicaría.
No logro recordar, o tal vez sí y no quiero recapitularlo, cómo Snape desaparece de la historia, pero sí recuerdo como mi Snape se va, y esa es la lección más difícil que hubimos de aprender "él " y yo. Me hizo sentir la violencia real y el peso verdadero del abandono, la inminente y poderosa realidad de la cercanía de aquella batalla cuerpo a cuerpo apenas esbozada, ya sin su ayuda, sin su protección, ni su dirección, crecer por completo conmigo misma a cuestas. Él es el traicionado, el que debió ceder la varita con la cual ha de enfrentarse con aquel que tiene el poder completo de la destrucción o salvación de Evi Potter.
Robemort. Aquel que no debe ser nombrado. La mayor amenaza. El representa lo peor de mi misma, aquello que, por asombrosas semejanzas, me da miedo ser, somos tan parecidos. Él me lo quitò todo, me quito la posibilidad de tener una familia, entre otras miles de cosas que me quitó, que me robó, y aún así tenemos un vínculo indestructible y nuestra existencia depende una de la otra. Es el destino del cual he tratado de correr por miedo a ser como él, pero el destino del cual no puedo huir, está escrito que hemos de enfrentarnos y que alguno perderá sin duda alguna. Es alguien que despierta toda la crueldad, violencia, ira, enojo, desapego y odio de que soy capaz.
Siempre he sido, en algún modo consciente, que lo que me distingue de él es una línea demasiado delgada contra la que me empeñado en resistir, sin embargo, la cicatriz, en mí, invisible físicamente, duele en estos tiempos y escose con más fuerza que nunca; tengo reclamos, preguntas desesperadas y enojo por no tener quien las responda o quien me calme, es ahora que quisiera aquellas pastillas que me hagan dormir sin soñar, quiero encontrarme con Albus en algún andén y que me diga lo que necesito escuchar y saber, tal vez esas preguntas puedo respondérmelas yo pero tampoco quiero esa pelea que se avecina, quisiera estar con ellos, con los que ya no tengo a mi lado, mas sé que no es posible.
Es así como Evi Potter se enfrenta por fin a la batalla final y decisiva, uno a uno, a la cual estaba predestinada de nacimiento, debe enfrentarse a todo aquello que ha rehuido pero que nunca ha podido eludir. Donde no habrá cabida para ningún respaldo, tengo que hacerlo yo sola; sí, aquellos que me quieren están cerca, pero libran sus propias batallas por sus vidas, la mía se produce en el centro de ese escenario pero nadie la peleará conmigo, conozco a mi enemigo porque lo he visto en el espejo, conozco sus debilidades y es posible que en algún rincón de mi misma sepa còmo derrotarlo pero, ¿Seré capaz de hacerlo cuando llegue el momento?, ¿Debo dejar que me mate para así poder ser más fuerte que él?, ¿Qué tanto daño me hará?, ¿Seré capaz de recuperar las fuerzas que necesito para continuar y terminar?...Escucho en coro a todos los que han estado a mi lado y han partido y a los que continúan estando gritar: “ Lo que importa no son sus semejanzas, sino sus diferencias” mientras yo le digo a mi mamá “¿Estarás a mi lado?” esperando a que me conteste: “Siempre”.
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