
Sonaba en la radio una melodía que años más tarde haría popular la muy española Sarita Montiel "espiando a su hombre al llegar" pues, decía "es mi hombre" una letra escandalosa y atrevida para su época pero no lo suficiente como para ser censurada y así Elvira podía tararearla y canturrearla sin saber que decía. Tenía 7 años.
El piano de la abuela observaba mudo en una esquina descansando de las tertulias que mamá hacía tan seguido, donde se llenaba la casa de músicos, comilongas, escritores, compositores y cualquiera que quisiera llegar. Eran ya famosas las reuniones de la niña Evita, como le decían todos los que la conocían, y bien conocida que era. Cada semana la esperaban con sus cargadores y canastas llenas de fruta y vegetales que repartía a los que más lo necesitaban -"para llenar un poco esos estómagos tan vacíos en esta época tan pobre"- decía y después mandaba a las criadas al mercado para reabastecer la comida para la siguiente reunión, tal vez para celebrar la excelente faena de Rodolfo Gaona o recibir como se debe a las señoritas Lefort que seguro vendrían acompañadas de algún Landa y Escandón.
Entre tanta gente, canto y fiesta a Elvira se le hizo tan fácil y natural que se enamoró de la música sin darse cuenta, sin siquiera planearlo se subió al banquillo de piano y comenzó a tocar aquella tonadita pegajosa "yo le doy cuanto soy, mis encantos y mi amor a mi hombre" y con eso descubrió que podía tocar cualquier tonada que escuchara o le tararearan y la convirtieron en la amenizadora de fiestas y bailes, donde al final ella terminaba disfrutando menos que cualquier invitado -"que toque Vili!! que toque un charleston"- y Vili tocaba.
Fue testigo de la opulencia y también aprendió que después de tanto se llega a tener tan poco, poco a poco vio cómo grandes caseríos perdían sus fortuna y esplendor, aquellos capitales extranjeros que permitió Porfirio Díaz tenían que vender su platería y joyas traídas de Europa, cómo las señoritas Lefort iban muriendo una a una, perdiendo su casa metro a metro, sus caballerizas se llenaron de familias, sus vestidos de seda y encajes, rebordados de perlas eran peleados por aquéllos que se preocupaban de ellas. Poco a poco fueron más esporádicas las tertulias y las fiestas, el mundo era un caos, todos tenían partidos y la opinión de Elvira también era importante -"Vili, ¿tú qué eres? ¿Zapatista? ¿Villista? ¿O porfirista?"- -" yo Vili", ella por siempre fue Vili.
El piano de la abuela observaba mudo en una esquina descansando de las tertulias que mamá hacía tan seguido, donde se llenaba la casa de músicos, comilongas, escritores, compositores y cualquiera que quisiera llegar. Eran ya famosas las reuniones de la niña Evita, como le decían todos los que la conocían, y bien conocida que era. Cada semana la esperaban con sus cargadores y canastas llenas de fruta y vegetales que repartía a los que más lo necesitaban -"para llenar un poco esos estómagos tan vacíos en esta época tan pobre"- decía y después mandaba a las criadas al mercado para reabastecer la comida para la siguiente reunión, tal vez para celebrar la excelente faena de Rodolfo Gaona o recibir como se debe a las señoritas Lefort que seguro vendrían acompañadas de algún Landa y Escandón.
Entre tanta gente, canto y fiesta a Elvira se le hizo tan fácil y natural que se enamoró de la música sin darse cuenta, sin siquiera planearlo se subió al banquillo de piano y comenzó a tocar aquella tonadita pegajosa "yo le doy cuanto soy, mis encantos y mi amor a mi hombre" y con eso descubrió que podía tocar cualquier tonada que escuchara o le tararearan y la convirtieron en la amenizadora de fiestas y bailes, donde al final ella terminaba disfrutando menos que cualquier invitado -"que toque Vili!! que toque un charleston"- y Vili tocaba.
Fue testigo de la opulencia y también aprendió que después de tanto se llega a tener tan poco, poco a poco vio cómo grandes caseríos perdían sus fortuna y esplendor, aquellos capitales extranjeros que permitió Porfirio Díaz tenían que vender su platería y joyas traídas de Europa, cómo las señoritas Lefort iban muriendo una a una, perdiendo su casa metro a metro, sus caballerizas se llenaron de familias, sus vestidos de seda y encajes, rebordados de perlas eran peleados por aquéllos que se preocupaban de ellas. Poco a poco fueron más esporádicas las tertulias y las fiestas, el mundo era un caos, todos tenían partidos y la opinión de Elvira también era importante -"Vili, ¿tú qué eres? ¿Zapatista? ¿Villista? ¿O porfirista?"- -" yo Vili", ella por siempre fue Vili.
1 comentario:
condenada mocosa...ahora lo entiendo todo
más más!!! quiero más!!
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